Siempre resulta gratificante descubrir nuevas culturas. Diferentes formas de pensar. Y distintas costumbres.
Cuando llegamos a Japón, nos sentimos como unas hormiguitas perdidas en el Valle de las altas tecnologías. A veces era casi imposible el no preguntarse si aquel japonés bajito y amable, de sonrisa eterna, no resultaba ser un robot.
De entre todas las cosas, los edificios infinitos hacia el cielo, las miles de personas en las calles, las cientos de luces brillando en todos lados, los escaparates con precios absurdos, los mapas escritos con esos diminutos palitos que formas los Kanji…de entre todas las cosas, creo que de las primeras que más nos impactó, fue el acostumbrarnos a conducir por el otro lado de la carretera.
-¡No por dios, vamos a moriiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiir! – recuerdo el grito de Elijah como si aun estuviera dentro de mi oído, clavando las uñas en el asiento de delante, mientras la curva resultaba ser demasiado cerrada y casi se levantaba todo el coche de lado, para terminar panza arriba como una tortuga. Porque decidimos coger un coche de alquiler pequeño, muy pequeño, para poder movernos por Japón. Nuestro hotel se encontraba fuera de la ciudad aunque en realidad no está demasiado lejos.
-¡Un coche, un coche! –empezaba a gritar Enelya para tomar carrerilla y terminar hablando un idioma casi indescifrable –¡Uncocheuncocheuncocheeeeeeeeeeeeeeeeee..!
Bien, pensareis, ¿y quién no ha visto nunca antes un coche?. Quizás la respuesta os sorprenda, pues el coche venía de cara, con un japonés que palideció (si, nos acercamos lo suficiente como para verlo) y no venía solo. Como es normal, por una carretera pueden ir tres coches en fila ¿no?.
Zigzagueando de un carril al otro y sin entender aun cómo, sobrevivimos.
Cuando todo parecía ir mejor, alguien (muy inocentemente) dijo:
-Madre mía, que montaña más grande y hermosa…. –y en mi defensa diré que fue un comentario lleno de admiración hacia el Fukiyama, no creía jamás que el conductor apartara la vista de la carretera.
A Elijah casi le provocó un infarto aquella reacción y terminó por conducir él.
Y no quiero que nadie se haga una idea equivocada: Elijah puede criticar y gritar mucho cuando es otro el que hace temeridades pero él es un gran temerario.
Puso una marcha que ni el coche sabia que existía y casi volando subimos por una montaña donde cada curva era más cerrada y la sensación de hacer al vacío, más grande.
Nos paramos en la cima, comprobamos que nos habíamos equivocado de lugar y bajamos mareadísimos.
Como hicimos cien fotos, anocheció.
Una de las cosas que aprendimos enseguida, además de cambiar el sentido de la carretera al conducir, es que los japoneses son muy puntuales. Muy puntuales.
Mucho.
No nos dijeron nada, pero hay cosas que se intuyen y nuestro radar de “capta-intuiciones” estaba muy a la orden del día.
Nuestro hotel es una casa antigua, de esas con las paredes de papel, correderas, suelo de madera, jardines, estanques y balneario.
Para los japoneses resulta importantísimo el baño. Tanto que tienen una habitación reservada a una enorme bañera, como el vestuario de cualquier piscina publica. Es la única parte de la casa donde el suelo es de baldosa para que el agua pueda caer al suelo sin problema.
Todos los empleados se marcharon y se quedó nuestra guía, Mika.
Mika estaría por la casa siempre. Nos guiaría por ella y creí entender que también nos haría la comida.
Como era muy tarde, no nos enseñó mucho la casa y fuimos directamente a las habitaciones.
Como he dicho, la casa era antigua y algunas tradiciones parecían estar muy presentes: no entrar en la cocina, pues era una gran falta de respeto….y dormir los chicos con los chicos y las chicas con las chicas.
Estábamos tan cansados y agotados por la adrenalina y la emoción y el viaje con avión con sus mil escalas, que no nos opusimos.
La habitación era pequeña, había una especie de colchoneta en el suelo, con un saco y una almohada. A la derecha estaba el armario empotrado y enfrente estaba otra puerta corredera que daba al jardín.
¡Que delicia!
Elijah dejó sus zapatillas en la entrada de la habitación, los zapatos se dejaban en la entrada y te daban esas zapatillas para andar por la casa. Se arrodilló frente al colchón y me miró.
Arqueó una ceja y reí por lo bajo.
-Vete –le dije empujándole un poco –No estoy del todo segura de que sea legal que estés en la habitación de las chicas.
-Mel, tengo que hablar contigo –dijo en voz baja.
-Mañana.
-Es importante –dijo levantándose. Miró hacia atrás, como si quisiera asegurarse de que Enelya no estaba cerca.
He de admitir que aquello me dejó intrigadísima, pero de verdad que me caía de cansancio.
Cuando Enelya entró, besó a Elijah y le susurró algo mientras yo apartaba las maletas para poder meterme dentro del saco.
-¿No te cambias de ropa? –preguntó ella sonrientemente mientras hacia correr la puerta de papel.
-No –musité cubriéndome con el saco.
-Mañana darás una mala impresión.
-¡Esta bien! –dije incorporándome.
Enelya reía mientras se ponía el pijama.
Estaba muy guapa. Estar enamorada le había favorecido mucho. No sé cómo explicarlo. Tenía ese brillo en la mirada y esa sonrisa medio boba… y a veces hablaba con un tono algo tintín, que la hacia aun más tierna.
-¿Tú entiendes a Mika cuando habla? –preguntó tumbándose en su colchoneta, enfrente de la mía, a un palmo de distancia.
-No mucho –admití.
-¡Su acento es muy fuerte! –rió Enelya por lo bajo.
-Lamento mucho que tengas que estar aquí conmigo en lugar de estar con Elijah –dije.
Ella no dijo nada y ambas nos quedamos mirando, tumbadas de lado, con el brazo bajo la almohada que sujetaba nuestras cabezas.
Y sonreímos.
Entonces me vino a la cabeza el ruego de Elijah.
¿Para qué me necesitaba?, Enelya parecía estar muy feliz. Y si no quería hablarme de ella, ¿qué quería?
-Chicas –oímos.
Era la voz de Jensen, que sonaba como si le tuviéramos al lado. Ambas nos miramos y sonreímos dirigiendo la mirada a la pared de papel que estaba al lado del armario empotrado.
-Puedo oír vuestros pensamientos –dije en voz baja y riendo. Enelya río conmigo.
-Cuidadito con lo que sonáis –dijo Elijah – Porque lo vamos a poder ver clarísimo.
-¿A qué hora nos despertará mañana Mika? –preguntó Enelya.
-A las nueve, así que tenemos que estar listos a las ocho y media –le respondió Elijah.
-¿Alguien sabe cómo se apaga la luz? –pregunté.
-¿Tan temprano? –preguntó Enelya casi al mismo tiempo que yo.
De pronto, las luces se apagaron y aquello bastó para dejarnos K.O.
Nuestros ojos se cerraron y nos quedamos dormidos como bebes.
Ya estábamos en Japón.
Un invierno perfecto, romántico y muy divertido.
miércoles, 14 de enero de 2009
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